
Gula: ante la comida y bebida.
Sr. Juez, confieso que he comido.
No puedo dejar de comer. De verdad, juro que lo intento... por lo menos de discurso, pero me supera. Y en esta confesión, lo siento, pero como los cobardes más cobardes.... no caeré sola. Sí Sr. Juez, por la gula culpo a Y y sus platos de papas fritas como aliño de mi infancia, que comía escondida debajo de la mesa para que nadie me pidiera. Culpo a sus panes con queso derretido. A sus uvas partidas por la mitad para que no me molestaran las pepas.
El domingo como si nada, me compré un chocolate. Luego, una gomitas ácidas. Para terminar cínicamente el día con un vaso de leche y linaza. No importa, era domingo, y las dietas se empiezan los lunes... eso todo el mundo lo sabe.
Desde siempre, he sido experta en dietas. La de la Nasa... que dura 13 días, con una oferta de pérdida de peso de 10 kilos y la promesa de no recuperarlos nunca más. La del arroz y los monjes –una de las más ridículas-, donde en un vaso de agua se deposita la cantidad de granos de arroz equivalentes a los kilos que se anhelan perder (luego hay que romper el vaso… para romper con los kilos… se entiende). La del limón –la más ridícula de todas-, consistente en tomar el jugo de 1 limón en ayunas el día 1, el de 2 limones el día 2, el de 3 limones el día 3.... el de 14 limones el día 14... para comenzar la cuenta regresiva. En complicidad con mi amada M compramos una malla gigante de limones, pero nos mantuvimos sólo hasta el día 4.
La de los carbohidratos. La de las proteínas. La de la luna. La del lagarto. La de la iguana. La de la manzana. Pastillas naturales. Pastillas prohibidas. Visitas al baño luego de comer.
Si Sr. Juez, confieso que he comido.
Si Sr. Juez, confieso que he sido obsesiva, autodestructiva. Y ridícula también... como la vez que seducida por el “llame ya” compré un par de aros... adelgazantes… es que al ponerlos en las orejas tocaban un punto justo que bloqueaba los impulsos del estómago... en algo así como un principio de acupuntura y sabiduría milenaria.
Sr. Juez, confieso que he bebido.
Que he bebido hasta el hastío. Hasta la risa. Hasta la euforia. Hasta el anclaje. Hasta el fin de las transmisiones. Hasta la duplicidad. Hasta la incoherencia. Hasta la incomunicación verbal. Hasta la irresponsabilidad de instalarse frente al volante.
Si Sr. Juez, confieso que he bebido... y confieso también que las resacas ya no son lo inofensivas de antaño... Y que el rostro me delata.
Por último, confieso que espero ya que sea viernes, para celebrar con comida y bebida hasta el exceso.
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