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martes, 22 de julio de 2008

La IRA!

Señor juez… heme aquí, confesando otro pecado.

Señor juez, deseo confesar mi ira… aquella pasión del alma que causa indignación y enfado, o bien, apetito o deseo de venganza, o como causa de violencia contra los demás, contra los familiares o contra uno mismo.

En mi caso Sr. Juez, confieso que he sentido ira ante mis familiares. El domingo fue…

Todo comenzó con la preparación del cumpleaños número noventa de la matriarca del clan… sí, de Leda.

La celebración será con un almuerzo del clan, aquí, en esta ciudad… por lo que yo había comenzado a devanarme los sesos pensando el lugar más apropiado.

Y que no suene a exageración el devaneo de sesos… pues para que ud. sepa, Sr. Juez, parte de la tribu está compuesta por los “vetadores”, los que se dedican a tachar cada uno de los lugares y restaurantes en que hemos organizado este tipo de eventos familiares.

Y el domingo pasó lo mismo… a la distancia, actuaron los vetadores antes una propuesta.

Me lo comunicó Ariadna… y ahí comenzó a operar el pecado capital… lo sentí en la guata, como un insecto que crecía y se estrangulaba… y subía a la garganta y se apoderaba de mi hablar… que se volvió incoherente… irreflexivo.

¡Qué hagan lo que quieran! ¡Que qué se creen… los muy vetadores! Me imaginé ausentándome de la celebración… para que notaran mi ira. Me imaginé mi venganza… me convertiría YO misma en una de ellos…. En una vetadora.

Me imaginé acusándolos con la matriarca. Me la imaginé sufriendo y aproblemada. Así se materializaría mi venganza… así canalizaría mi Ira.

…

Recordé el libro que había estado leyendo hacía un par de minutos… De la Cultura del Ego a la Cultura del Alma. Y de la Ira pasé a la vergüenza… a la culpa ante la sobre reacción.

Nota: la imagen iracunda la tomé de este sitio.

domingo, 13 de julio de 2008

Confesionario 1: la Gula


Gula: ante la comida y bebida.

Sr. Juez, confieso que he comido.

No puedo dejar de comer. De verdad, juro que lo intento... por lo menos de discurso, pero me supera. Y en esta confesión, lo siento, pero como los cobardes más cobardes.... no caeré sola. Sí Sr. Juez, por la gula culpo a Y y sus platos de papas fritas como aliño de mi infancia, que comía escondida debajo de la mesa para que nadie me pidiera. Culpo a sus panes con queso derretido. A sus uvas partidas por la mitad para que no me molestaran las pepas.

El domingo como si nada, me compré un chocolate. Luego, una gomitas ácidas. Para terminar cínicamente el día con un vaso de leche y linaza. No importa, era domingo, y las dietas se empiezan los lunes... eso todo el mundo lo sabe.

Desde siempre, he sido experta en dietas. La de la Nasa... que dura 13 días, con una oferta de pérdida de peso de 10 kilos y la promesa de no recuperarlos nunca más. La del arroz y los monjes –una de las más ridículas-, donde en un vaso de agua se deposita la cantidad de granos de arroz equivalentes a los kilos que se anhelan perder (luego hay que romper el vaso… para romper con los kilos… se entiende). La del limón –la más ridícula de todas-, consistente en tomar el jugo de 1 limón en ayunas el día 1, el de 2 limones el día 2, el de 3 limones el día 3.... el de 14 limones el día 14... para comenzar la cuenta regresiva. En complicidad con mi amada M compramos una malla gigante de limones, pero nos mantuvimos sólo hasta el día 4.

La de los carbohidratos. La de las proteínas. La de la luna. La del lagarto. La de la iguana. La de la manzana. Pastillas naturales. Pastillas prohibidas. Visitas al baño luego de comer.

Si Sr. Juez, confieso que he comido.

Si Sr. Juez, confieso que he sido obsesiva, autodestructiva. Y ridícula también... como la vez que seducida por el “llame ya” compré un par de aros... adelgazantes… es que al ponerlos en las orejas tocaban un punto justo que bloqueaba los impulsos del estómago... en algo así como un principio de acupuntura y sabiduría milenaria.

Sr. Juez, confieso que he bebido.

Que he bebido hasta el hastío. Hasta la risa. Hasta la euforia. Hasta el anclaje. Hasta el fin de las transmisiones. Hasta la duplicidad. Hasta la incoherencia. Hasta la incomunicación verbal. Hasta la irresponsabilidad de instalarse frente al volante.

Si Sr. Juez, confieso que he bebido... y confieso también que las resacas ya no son lo inofensivas de antaño... Y que el rostro me delata.

Por último, confieso que espero ya que sea viernes, para celebrar con comida y bebida hasta el exceso.