Señor juez… heme aquí, confesando otro pecado.Señor juez, deseo confesar mi ira… aquella pasión del alma que causa indignación y enfado, o bien, apetito o deseo de venganza, o como causa de violencia contra los demás, contra los familiares o contra uno mismo.
En mi caso Sr. Juez, confieso que he sentido ira ante mis familiares. El domingo fue…
Todo comenzó con la preparación del cumpleaños número noventa de la matriarca del clan… sí, de Leda.
La celebración será con un almuerzo del clan, aquí, en esta ciudad… por lo que yo había comenzado a devanarme los sesos pensando el lugar más apropiado.
Y que no suene a exageración el devaneo de sesos… pues para que ud. sepa, Sr. Juez, parte de la tribu está compuesta por los “vetadores”, los que se dedican a tachar cada uno de los lugares y restaurantes en que hemos organizado este tipo de eventos familiares.
Y el domingo pasó lo mismo… a la distancia, actuaron los vetadores antes una propuesta.
Me lo comunicó Ariadna… y ahí comenzó a operar el pecado capital… lo sentí en la guata, como un insecto que crecía y se estrangulaba… y subía a la garganta y se apoderaba de mi hablar… que se volvió incoherente… irreflexivo.
¡Qué hagan lo que quieran! ¡Que qué se creen… los muy vetadores! Me imaginé ausentándome de la celebración… para que notaran mi ira. Me imaginé mi venganza… me convertiría YO misma en una de ellos…. En una vetadora.
Me imaginé acusándolos con la matriarca. Me la imaginé sufriendo y aproblemada. Así se materializaría mi venganza… así canalizaría mi Ira.
…
Recordé el libro que había estado leyendo hacía un par de minutos… De
Nota: la imagen iracunda la tomé de este sitio.
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